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Cuando el deporte también reivindica

Por Walter Anido (Especial para La Verdad Mercedes)

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“Arranca por la derecha el genio del fútbol mundial…”. Así empezaba la narración hace 35 años del Mejor Gol de la Historia de los Mundiales de Fútbol. Este 22 de junio se recuerda la magistral jugada de Diego Armando Maradona en México 86 que terminaría en el segundo de los goles con que Argentina derrotaba a la siempre poderosa selección de Inglaterra. La mayor parte de los nacionales que tuvimos la posibilidad o el privilegio de haber visto esa maniobra en el mismo momento que estaba pasando, no escuchamos ese soberbio relato de Víctor Hugo Morales. Solo vimos por televisión semejante faena y nos confundimos en un abrazo interminable, derramamos lágrimas y mirábamos al cielo como un silencioso gesto de agradecimiento por haber sido testigos de un hecho que estábamos convencidos iba a ser parte de la historia.

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Tiempo después prestaríamos atención a esa narración radial que iba a ponerle letras a una de las mejores “canciones” que parió este deporte llamado fútbol. Este acontecimiento tiene una gran significación entre los argentinos y hasta incluso ha sido adoptado sin permiso alguno por otros habitantes del mundo. Porque no fue simplemente una anotación, sino un acto de reivindicación, un modo de considerar que los débiles burlaban a los poderosos, una conquista que izaba en el mástil esa bandera que siempre queremos ver flamear en lo más alto. Las heridas de la guerra estaban aún abiertas y estaba claro que esa golazo no iba a devolvernos la soberanía por las islas ni mucho menos la vida de aquellos que quedaron en territorio malvinense. Pero era una reivindicación.

El deporte suele ser un vehículo para que se produzcan sucesos que ponen por apenas algunos momentos, las cosas en su lugar. Por caso se me viene a la memoria la figura de Jesse Owens, un hombre de color que apabulló al régimen nazi en los juegos Olímpicos de Berlín. Se me viene nuevamente y de manera inevitable Maradona dejando en el camino a jugadores británicos para inflar la red en tierra azteca, para inflarnos el pecho por ser argentinos. Los deportistas no están obligados a las reivindicaciones solo por su calidad de tales, pero cuando consiguen hacerlo atraviesan un límite que los coloca en un lugar donde otros no están. Pasan a ser parte de la historia, por sus logros, por sus conquistas, pero especialmente por la significación y la vigencia que han tenido con el paso del tiempo.

Maradona tenía en claro de que se trataba. Pues no solo era mágica su relación con el balón, sino que demostraba compromiso con lo que nos pasa al resto de los terrenales. Y existe una extensa lista de hechos que lo corroboran. Maradona mostraba su bronca cundo nos silbaron el himno, como cada uno de nosotros cuando lo veíamos por TV en el mundial italiano. Cuando nos rompieron la bandera. Cuando recordó sus orígenes y buscó en la península itálica desafiar al norte poderoso con su juego llevando a los napolitanos y al sur olvidado a lo más alto de calcio. Claro que el deporte también puede ser utilizado de modo inverso y también es extensa la lista de acontecimientos que fueron utilizados para “tapar” realidades repugnantes.

Los argentinos también sabemos de estas cosas en medio del último gobierno de facto cuando se organizó la Copa del Mundo de 1978 sin que esto signifique poner en modo de incógnita la legitimidad de ese título mundial. Debe la actividad deportiva también enseñarnos a comprender los escenarios, las realidades. Cada acontecimiento deportivo tiene un contexto, que lo engrandece o lo debilita o le baja la cotización. El mejor Gol de la Historia de los Mundiales no solo fue una obra de arte sino que también fue una bocanada de aire fresco por la cercanía del conflicto bélico, porque no fuimos pocos los que desde el sillón empujábamos o corríamos a la par del 10 para que tamaña apilada nos haga estallar de alegría. Para ver esa imagen de un festejo y en un mismo cuadro el rostro de sentirse derrotados y a la vez creyendo que lo que había pasado hacía pocos segundos no había sucedido. Que satisfacción que haya pasado, que bueno poder recordarlo 35 años después como si hubiese sido ayer nomás, “para que el país sea un puño apretado gritando por Argentina”.

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