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La muerte de Perón, antesala del infierno tan temido

Por Felipe Pigna, historiador, de su libro «Lo pasado pensado», Buenos Aires, Planeta, 2005, págs. 251-252, adaptado para El Historiador.

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Corría el año 1964 cuando Perón intentó regresar por primera vez al país. El “Operativo retorno”, producido el 1° de diciembre, incluía una comitiva de 16 personas que lo acompañaría desde Madrid. Pero el avión que lo transportaba, tras hacer escala en Río de Janeiro, fue obligado a retornar a España. Deberán pasar siete años más para que el viejo líder volviera a pisar tierra argentina, cuando su retorno, lejos de ser un fantasma que asustara a las clases dirigentes, se convirtió en una salida política legitimada por una abrumadora mayoría que, tras 18 años de exilio, lo sostenía con mayor fuerza que nunca.

El dictador Alejandro Agustín Lanusse lo desafió en 1972 a presentarse a elecciones. Perón regresó al país el 17 de noviembre de 1972. Lanusse firmó un decreto de “residencia”, hecho a la medida de Perón, con la intención de excluirlo legalmente de los comicios del 11 de marzo de 1973 a los que el peronismo se presentó con la fórmula Cámpora-Solano Lima, bajo el lema “Cámpora al gobierno, Perón al poder”.

Perón retornó definitivamente al país el 20 de junio de 1973. Paradójicamente, señalado como prenda de paz social, su llegada fue el marco de uno de los enfrentamientos políticos más sobrecogedores de la historia contemporánea argentina, cuando en los campos de Ezeiza las facciones de la derecha y la izquierda peronista dirimieron por la fuerza el poder de sus aparatos. Tras una presidencia de poco menos de dos meses, Cámpora renunciará el 13 de julio para convocar nuevamente a elecciones. El último impedimento se cayó entonces a pedazos, y el viejo líder encontró el camino allanado para encabezar la nueva fórmula.

El país se debatía en un clima volátil. A las divisiones internas del peronismo que luchaban por imponer su supremacía, se le sumaba la acción de numerosas organizaciones político-militares de izquierda que complejizaban el curso de la vida institucional, no sólo por el alto grado de conflictividad que imprimieron en el ámbito estudiantil y sindical, sino también por las consecuencias de un enfrentamiento de aparatos entre las guerrillas, las fuerzas de seguridad y los escuadrones de ultraderecha y paramilitares, como las Tres A.

La tarea parecía a la medida de Perón, un hombre con el suficiente apoyo para manejar lo que parecía ingobernable. En ese marco, el 23 de setiembre de 1973, la fórmula Perón-Isabel se alzó con el triunfo comicial cosechando el 62% de los votos. Un referéndum excepcional y único. El 12 de octubre, emprendería su tercera presidencia.

Contrariamente a lo pensado, y deseado, por los más diversos sectores sociales, económicos y políticos, el tercer gobierno de Perón estuvo signado por una conflictividad extrema. Toda la capacidad del líder apenas si pudo mantener unos pocos meses de expectativa, merced a su estrategia de “Pacto Social”, antes que los conflictos sociales, la crisis económica y el emergente guerrillero sumieran al país en un caldero hirviendo. Sería demasiado para un hombre que a los 78 años soportaba sobre sus espaldas el mantenimiento constitucional. En pocos meses la crisis una vez más había estallado.

El 1º de mayo de 1974 enfrentó a la Juventud Peronista y a las organizaciones guerrilleras en un acto público en la Plaza de Mayo, que concluyó con el abandono de la plaza de los “imberbes” y un apoyo explícito a la conducción sindical, acusada por los rebeldes de burócratas de derecha.

En sus probables últimos días de lucidez, Perón se sintió en la necesidad de alertar a sus seguidores sobre la pesada herencia que les dejaban. En la tarde del 12 de junio de 1974, antes de despedirse de su pueblo, advirtió sobre las consecuencias del incumplimiento del Pacto Social y el desabastecimiento, y aconsejó a la militancia que se mantuviera vigilante de “las circunstancias que puedan producirse”. Dijo: “Yo sé que hay muchos que quieren desviarnos en una o en otra dirección, pero nosotros conocemos perfectamente nuestros objetivos y marcharemos directamente a ellos, sin influenciarnos ni por los que tiran desde la derecha ni por los que tiran desde la izquierda. El gobierno del pueblo es manso y es tolerante, pero nuestros enemigos deben saber que tampoco somos tontos”.

El país, empero, no era el mismo que aquel del decenio 1945-1955. Un cristal anti balas se interponía entre él y su pueblo, todo un símbolo de los años que corrían. Con la salud quebrantada, terminó con un tono inconfundible de despedida con palabras emotivas: “Les agradezco profundamente el que se hayan llegado hasta esta histórica Plaza de Mayo. Yo llevo en mis oídos la más maravillosa música que para mí es la palabra del pueblo argentino”. El 18 de junio su salud decayó gravemente y ya no volvió a levantarse.

El 1º de julio de 1974 amaneció nublado; no era un día peronista. Los partes médicos alertaban sobre el inminente final para la vida del hombre que había manejado la política argentina a su antojo desde 1945. Para mucha gente era el hombre que había transformado la Argentina de país agrario en industrial, de sociedad injusta en paraíso de la justicia social. Para otros, menos pero no pocos, era un dictador autoritario y demagogo que terminó con la disciplina social y les dio poder a los “cabecitas negras”. Lo cierto era que la política nacional llevaba su sello y como bien decía él mismo, en la Argentina todos eran peronistas, los había peronistas y antiperonistas, pero todos tenían ese componente.

A las 13.15 de ese primer día de julio, Isabel, custodiada por el superministro López Rega, dio la infausta noticia: “con gran dolor debo transmitir al pueblo de la Nación Argentina el fallecimiento de este verdadero apóstol de la paz y la no violencia”.

La palabra del pueblo argentino, la maravillosa música, enmudeció aquel 1º de julio. La Argentina fue un país de colas. Los ricos las hacían para comprar dólares, los pobres para comprar fideos y para darle el último saludo a su líder. Había algo distinto al entierro de Evita. No era tan evidente la división entre las dos Argentinas, la que brindaba con champagne porque se había muerto la “yegua” y la que lloraba a su abanderada. La sensación era distinta porque el peronismo había ampliado su base electoral por izquierda, pero también por derecha. No eran pocos los conservadores que habían confiado a Perón la misión de pacificador de la Argentina, como última carta para frenar al “comunismo”. Así que no tenían mucho para festejar y, sin sumarse al dolor popular, no exhibían ni pública ni privadamente su satisfacción reparadora de viejos rencores.

Las calles se llenaron de lágrimas, flores y caras preocupadas. La frase más escuchada era “qué va a ser de nosotros”. Nadie se engañaba sobre los días que vendrían. La sensación de vacío político era proporcional al tamaño de la figura desaparecida. Isabel, la heredera efectiva del legado dejado simbólicamente al pueblo, no estaba a la altura de las circunstancias y sólo tenía de Perón su apellido. Nadie ignoraba que el brujo López Rega ocuparía el lugar central en la política por el que había venido luchando desde su puesto de mucamo en Puerta de Hierro, que ofrendaría a lo peor del poder político militar de la Argentina. Quedaba flotando una pregunta, por qué el último Perón nos dejó aquella terrible herencia, antesala del infierno tan temido.

Fuente: www.elhistoriador.com.ar

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