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Se fueron Fernando y Piqui: Silencio de radio y una página en blanco

Por Walter Anido

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Se fueron y nos dejaron un silencio de radio y una hoja en blanco. La muerte también es parte de la vida aunque siempre nos resulta extremadamente difícil digerirlo, especialmente cuando sucede con aquellos que pasaron por este mundo dejando huellas.

Fernando “Frucha” Luna y Gerardo “Piqui” Caballero fueron dos personas increibles, dos seres de luz, que honraron la vida. Que vivieron fieles a sus convicciones, ideales y sus propios pareceres. Escribir sobre ellos me invita a caer en la tentación de tener que hablar de mí también y mi relación con ellos. Pero creo que debo hacerlo, porque entiendo que lo que representaron para quien suscribe también sucedió con tantísimas otras personas.

Fernando y Piqui tenían muchas cosas en común y tuve la suerte que ambos me permitieron la bendición de ser una pequeña parte de sus vidas. Ambos desinteresados a la enésima potencia, ambos extremadamente divertidos, ambos dispuestos siempre a tener su mano tendida a quien lo necesitara, ambos con un diccionario especial donde la palabra maldad se había eliminado, ambos con arraigo barrial y amigueros por excelencia. Quien pudiera tener todas esas virtudes. Porque son virtudes ¿o creen que no?

Ponerme a contar todo lo que representó Frucha para los mercedinos sería redundar en lo que buena parte de la comunidad conoce. No hace falta mencionarles La Movida, las barrileteadas, el safari náutico o el álbum de figuritas que aún conservo. No hace falta, pero lo hago. Porque resume una forma de ser. Fernando era de esas personas que no abundan, que imaginaban algo y lo llevaban a la práctica. No basta con tener buenas ideas sino que es fundamental tener la fuerza, el empuje y el ímpetu para convertirlas en realidad. Pero no era solo eso, era mucho más. Era el que te cruzabas y siempre tenía en mente nuevas iniciativas, una catarata de chistes, de sano delirio que te levantaban el ánimo. Porque su vida no estuvo exentas de duros golpes. Sin embargo se reponía para volver a ser Frucha, con toda su sencillez y su apego por las tradiciones populares más fuertes que su querida Mercedes tenía. Cuando agarraba el micrófono era implacable. Un animador de los que pocas veces hemos tenido la oportunidad de ver y escuchar. Lo traía de la cuna y nunca abandonó su esencia. El jueves en la despedida que se le hizo en la Trocha todas estas cosas se notaron con absoluta claridad. Estaban sus colegas, sus cercanos, vecinos que lo sentían como uno de los suyos, cuanto personaje podamos imaginar. Todos quienes lo admiramos. Hasta pareció por un momento que él también estaba ahí arengando… el audio que se escuchaba de algún carnaval pedía palmas de su propia voz y nadie dudó en agitarlas. Frucha seguía marcando el ritmo, hasta en ese instante.

Y de Piqui que decir. Todo el trayecto de la primaria juntos en la Escuela 10 con quienes hace algunos meses nos reencontramos. El inicio de nuestra vida periodística y el primer equipo de trabajo del semanario Protagonistas al que le dio lo mejor de sí. Se abrazó a la música, al teatro y a otras actividades que apasionadamente vivía. Tantas “siestas” juntos rompiendo los quinotos e incomodando lo que había que incomodar. Porque entendía cabalmente que la realidad no tenía dobles lecturas, eran de un solo modo, como debían ser y no había chances de negociar otra interpretación. Cuando te encontras con personas así todo resulta más fácil en una relación personal. Porque decía lo que tenía que decir, hacía lo que tenía que hacer y hasta en sus silencios dejaba claros mensajes. ¿Cómo no elegirlo para transitar algún camino de tu vida? A Piqui tampoco la vida le resultó fácil, también hubo duros sinsabores, pero los remontó con tanta personalidad como simpleza. Tengo la certeza que esta mañana cuando nos toque decirle Adiós no faltaran los cascoteros de la 10, la banda del barrio Lapenta, sus compañeros de la comunicación y el arte, además de los suyos.

Me pongo a pensar si no será que tanto Piqui como Frucha podían comprender mucho mejor que nosotros cuales eran las cosas importantes y cuales aquellas a las que no había que darle demasiada relevancia. Ambos vivieron a su modo, a su manera. Y se fueron con diferencia de pocos días así como la llama de un fosforo que se desvanece, y eso duele. Sin embargo a quienes quedamos acá para alcanzarlos un poco más tarde nos seduce el consuelo de ponderar mucho más aquello que nos dejaron que cualquier otra cosa. Nos sirve para mitigar la angustia, para intentar convertir una lágrima amarga en algo más dulce. Nada sencillo. Porque ya se extrañan. Pero en medio del llanto que nos generan enseguida se cola una anécdota que te dibuja una sonrisa mientras tus ojos siguen mojados.

Hasta pronto Frucha, chau querido Piqui… Nos dejaron un silencio de radio y una página en blanco… Pero a la vez una montaña de enseñanzas y momentos para convertir ese silencio en un fenomenal alboroto y esa página en blanco en una historia que nos hará explotar en carcajadas. Buen viaje.

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