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20 de julio: «Pisar la luna y desde allí, mirar la tierra.-«

Por Octavio Fiorelli — Parte del Aire

La Verdad Mercedes

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Neil miró la tierra por última vez.

Con medio cuerpo dentro del módulo lunar y echando el último vistazo a la superficie de la luna, Neil Amstrong se apresta a cerrar la escotilla de la nave, minutos antes del despegue.

«Tan distante, tan hermosa desde aquí!!» pensó el astronauta que días antes había logrado la hazaña que ningún hombre habría podido cumplir: pisar la luna.

Aldrin, el otro astronauta dentro de «el águila» comenzó los preparativos para iniciar el despegue de la nave que los elevaría hasta el encuentro con Collins que en «el Columbia» giraba en órbita hace poco más de 24 hs, desde el momento en que se separaron para el alunizaje.

La misión del Apolo 11, que había despegado desde la Tierra el 17 de julio, llevaba ya cinco días de su periplo, abriendo camino en una océano de incertidumbre e ignorancia. Eran los primeros humanos en llegar a la luna!!!

Cuando bajó por la escalerilla del módulo lunar, Amstrong, en comunicación directa con el Centro Espacial, dijo aquella célebre frase: «Un pequeño paso para un hombre, un gran salto para la humanidad»

Y vaya si ese no fue un gran salto!!!

La luna siempre fue añorada, deseada, siempre presente como testigo mudo de la historia de la humanidad. Y en ese preciso momento, un hombre dejaba su huella para siempre en su suelo ingrávido: la marca de que definitivamente, el sueño de llegar a ella, había sido cumpido.

Curiosamente fue en «el Mar de la Tranquilidad» donde «el águila» se posó y tras seis horas de preparativos, Amstrong y Aldrin, salieron a la atmósfera.

Solamente ellos saben los pensamientos y sensaciones que tuvieron en sus cuerpos al estar parados en la superficie de la luna.

La monotonía del silencio lunar solo era interrumpido intermitentemente por la comunicación con la base Espacial en Houston. Allí, el astronauta Charles Duke era el controlador de vuelo en las primeras fases de la misión.

Desde la Tierra, muchos estaban atentos y fascinados por esta misión a la luna. Unos 600 millones de personas en todo el mundo fueron testigos del alunizaje en sus receptores televisivos o de radio.
Millones de personas se habían congregado en torno de esta hazaña.

Tras concretar la serie de observaciones, ubicar los aparatos que medirían los fenómenos en la superficie lunar, recolectar piedras del suelo celenita, Aldrin y Neil se aprestaron para la vuelta a casa.

Un segundo antes de cerrar la escotilla, Neil observa la tierra desde la luna por última vez.

Por su mente pasan los rostros de sus familiares, los de todos los que hicieron posible que él, Aldrin y Collins pudieran llegar tan lejos.

Neil imaginó los rostros de los miles de millones de humanos que allí, en la lejana Tierra, estarían mirando la luna, tratando de observar algún leve brillo, algún pequeño atisbo de que «el águila» despegaba de la superficie.

Agradecido por esas horas en la Luna, Neil cierra la escotilla y da la orden a Aldrin de despegar.

El regreso a casa fue tan tensionante como el vuelo hacia la luna.

Recién cuando esa escotilla fue abierta por un marino del portaviones USS Hornet, Neil supo que aquello no había sido un sueño.

Un sueño que por unos días, poco más de una semana, había hechos que miles de millones en el mundo, dejaran sus diferencias para ser testigos de algo que hasta ese momento, parecía increíble: pisar la luna y desde allí, mirar la tierra.

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