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Felipe Pigna: «Los sommeliers de velorios critican el de Gardel y el de Maradona»

El historiador acaba de publicar Gardel, una monumental biografía del Zorzal que lo ubica en el contexto histórico de la Argentina y del mundo. La exhaustiva investigación tiene un valor agregado: expresa la emoción del autor cuya historia familiar lo liga a la figura del gran ídolo popular del país.

La Verdad Mercedes

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“Escribí este libro en un estado de emoción permanente”, dice Felipe Pigna refiriéndose a la monumental biografía, Gardel (Planeta), que acaba de aparecer. “Es una historia de Gardel –agrega–, pero también una historia argentina: que pasó en nuestro país, mientras a él le pasaban las cosas que le pasaron. De 1890 a 1935 la Argentina vivió la llegada del radicalismo al poder, la Semana Trágica, los hechos de la Patagonia, la crisis del ’30. En el resto del mundo se dio el ascenso de Hitler y Mussolini al poder, la Primera Guerra Mundial…”

A través de sus más de 500 páginas el libro denota una investigación muy exhaustiva que lo llevó a todos los lugares donde fuera posible encontrar una huella del Morocho.

La emoción que experimentó el autor al escribir, se recibe al leer. Resulta evidente que para Pigna, Gardel no es solo la enorme figura mítica de la Argentina, sino también alguien ligado a su propia historia, esa que se forja en la infancia y que nos acompaña durante toda la vida.

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–¿Qué significaba para vos Gardel cuando eras chico?
–Varias cosas. Por un lado, mi abuelo paterno, Felipe, al que no conocí, era amigo de Gardel. Fue a la casa de mis abuelos a comer un asado. Mi abuelo Felipe fue uno de los fundadores de Sadaic, así que conocía a todo el mundo tanguero, era amigo de Canaro y demás. Por otro, cuando mi madre se iba a trabajar, me dejaba con la niñera y ponía radio Rivadavia, tanguera por excelencia, para que yo la escuchara desde la cuna. Ella decía que en esa radio hablaban mucho y me hacía compañía. Por eso, a los dos años o dos años y medio yo ya cantaba tangos de Gardel para delicia de mi abuelo materno, que también era muy gardeliano.

–¿Y luego?
–Luego me lo fui cruzando en varios momentos de mi vida. Para mí, hubo uno que fue muy impactante: el 24 de marzo del ’76. Yo aún no había cumplido 17 años y trabajaba como cadete en una casa de regalos en plena Recoleta y, por el horario, tomaba siempre el mismo interno de colectivo. El chofer tenía en el espejo una calcomanía de Evita, otra de Perón y otra de Gardel. Ese 24 de marzo, cuando subo al colectivo, me encuentro con la novedad de que el señor había quitado la calcomanía de Evita, la de Perón y también la de Gardel. Me pareció muy impresionante. Él intuía que la gente que había tomado el gobierno con lo popular no tenía nada que ver y que el máximo símbolo de lo popular era Carlitos Gardel. Lo crucé también en mis investigaciones sobre los años ’20 y ’30. Es un personaje que me encantó porque estaba por fuera del procerato, de los clásicos.

–Escribir una biografía de Gardel debe haber sido todo un desafío, porque parecía que estaba todo dicho.
–Sí, fue así. Quizá lo que a mí me parecía importante y lo que aporta el libro es el contexto: en qué época vivió, con quiénes se cruzó, qué pasaba en la Argentina y en el resto del mundo cuando él componía y cantaba. Me gustó esa frase de él que pongo al principio del libro y que dice que, hoy como ayer, la música que se escribe es producto del medio ambiente, que el músico es producto de lo que pasa en su época. Me pareció interesante ese Gardel que era producto de un contexto.

–El libro te llevó a un lugar donde fuiste muy feliz en tu niñez para entrevistarte con Ana Turón. ¿Cómo fue eso?
–Sí, Ana es una gardeliana azuleña que sabe muchísimo y esta investigación me llevó de vuelta al lugar donde realmente fui feliz en mi infancia, que es la ciudad de Azul. La fuimos a entrevistar con un equipo de la televisión francesa y paramos en el Gran Hotel Azul. Mi viejo fue director de Cultura de Illia, del ’63 al ’66. Él traía artistas que paraban en ese hotel. Para mí, era como el Waldorf Astoria. Mi vieja cocinaba muy bien, por lo que muchos de esos artistas iban a comer a mi casa. Iban Atahualpa, la Negra Sosa, Eduardo Falú, Jaime Dávalos. Cuando la entrevisté a Ana, paré en el Gran Hotel y sentí una catarata de emociones. Ana es una persona muy generosa, que sabe mucho y tiene un pequeño Museo del Libro en el barrio Carlos Gardel, donde vive. La consulté de manera permanente. Le estoy muy agradecido a ella y también a Azul que, seguramente, fue una fuente de inspiración.

–¿Qué es lo que más te interesó de Gardel?
–Creo que es uno de nuestros personajes más interesantes, con mucho recorrido internacional y sobre el que cada cual arma su propia fantasía, construye su propio Gardel. El libro me llevó dos años y medio de investigación y me hizo meterme en el mundo del tango, que es una de las músicas populares más cultas e interesantes del mundo. Como decíamos con Alejandro Dolina en la presentación, en el tango hay referencias a la ópera, a la literatura, porque los tangueros eran así. Muchos tenían formación clásica, eran anarquistas, socialistas, lectores, muy metidos con la bohemia de su tiempo. Gardel tuvo un acercamiento tímido al tango. Primero arranca con el folklore porque el tango era todavía una música de las orillas. Grabó un tango en el ’17, otro en el ’18, pero es en el ’20 cuando comienza con el repertorio tanguero. Antes cantaba valsecitos, milongas, canciones sureras y demás.

–Vivió el nacimiento del tango y el de la tecnología que permitió su difusión.
–Tal cual. La radio y el cine comienzan a ser los grandes medios de difusión en una época en que no había televisión ni redes sociales. Aparece la radio y al poco tiempo él está haciendo radio, aparece el cine y, al poco tiempo, está haciendo cine. En 1929 se estrena en la Argentina El cantor de jazz, la película de Al Jolson, y en el ’30 Gardel ya está grabando los primeros cortos con Morera. Era alguien muy adelantado a su época. Por ejemplo, él canta a capella, sus guitarristas tocaban en otra radio y todo salía por una tercera radio. Eso es algo innovador. Además, a medida que la tecnología avanzaba, hacía nuevas versiones de los temas que más le gustaban a la gente.

–Cultivó su don natural con cantantes líricos.
–Sí, por ejemplo, Caruso, en el viaje a Río, le da una serie de consejos. Hacen un intercambio musical y Caruso le dice que no se esfuerce cantando como tenor porque él es naturalmente un barítono, que baje los tonos. Le da una serie de consejos maravillosos que después Carlitos pone en práctica. Los dos cantan en la cubierta del barco, una escena muy de Fellini, totalmente cinematográfica. Pero su profesor de canto fue Eduardo Bonessi.

–A pesar de que tenía a su madre, creció en la calle.
–Sí, era un chico de la calle. Tenía dos mundos fascinantes y complementarios pero distintos. Por un lado, el mundo de la calle Corrientes angosta, que era una calle de teatros y de redacciones de periódicos y revistas como Caras y Caretas. Él iba a entregar a esos teatros las camisas que planchaba su madre, entraba a los camarines y así lo van conociendo porque era un pibe muy simpático. Le decían el Francesito y en los camarines se juntaban cuatro o cinco actores para escucharlo cantar. Por otro lado, está el mundo del Abasto donde estaban los tanos, los gallegos, los judíos, los franceses, la gente del interior. Eso provocaba una confluencia de ritmos y de melodías porque todos tocaban la guitarra y cantaban algo de su lugar. Había teatros líricos italianos, teatro en idish, cuyos espectadores era la gente de ese barrio. Aunque distintos, ambos mundos tuvieron que ver con su formación.

–¿Seducía desde chico?
–Sí, lo conoció al payador Gabino Ezeiza y a Bettinoti, que lo llamó “el Zorzal” porque cantaba como un zorzalito. Empezó a cantar en los almacenes. Cantaba por Balvanera, Palermo, La Boca.

–Además, tuvo contacto con figuras muy reconocidas.
–Sí, con Jacinto Benavente, que estaba muy interesado en el lunfardo; con Federico García Lorca, a quien recibió en su casa de la calle Jean Jaurès. Federico toca el piano y recita poemas, y Gardel canta tangos. Carlitos le propone ponerle música al Romancero gitano, lo que habría sido maravilloso. Hay un diálogo muy simpático en que Federico le dice «qué hermoso es el tango, pero qué trágico» y Gardel le responde: «Claro, porque el cante jondo es un cascabelito, ¿no?». También lo conoce a Luigi Pirandello y a Charles Chaplin, que le da muchos consejos y contactos muy importantes para el mercado del cine de Estados Unidos. Luego de la muerte de Gardel, Chaplin da un reportaje en el que habla de él con mucho cariño.

–¿La discusión sobre el origen prostibulario del tango fue un rechazo a su carácter popular?
–Sí, quizá el tango tuvo más que ver con el conventillo que con el prostíbulo. El conventillo era una Babel de lenguas donde se hacían diversos ritmos. Allí tomó la influencia afro, la italiana y todos los ritmos que van a confluir en su origen. El tango explota en Europa y en Estados Unidos y hay una gran preocupación de las autoridades eclesiásticas y civiles. Opina el Papa, opina el káiser, opina el zar. Opinaban todos.

–¿Gardel y Maradona fueron los dos mayores ídolos populares de la Argentina?
–Sí, por supuesto. Tenían mucho en común: nacieron en lugares pobres, fueron chicos de la calle, tenían una enorme sabiduría popular que se expresaba en frases cortas y contundentes, alcanzaron fama mundial y sus respectivos velorios fueron muy sentidos: la gente lloraba como si se le hubiera muerto un familiar cercano, con ese agradecimiento que solo tienen los sectores populares. También estuvieron los que criticaron tanto el velorio de Gardel como el de Maradona, esa especie de sommeliers de velorios que determina qué velorio está bien y qué velorio está mal. Eso expresa un odio de clase. Cuando murió Gardel, harto de las pavadas que estaban diciendo la ultraderecha católica y monseñor Franceschi, crítico de Gardel y golpista contra Perón, González Tuñón escribió: “El pueblo lo lloraba y, cuando el pueblo llora, que nadie diga nada porque está todo dicho”.

Fuente: Tiempo Argentino

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