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«Las necesidades del pueblo son extremas y para encontrar soluciones, verdaderas soluciones, debemos estar juntos y unidos. No hay tiempo para hacer de la política como el juego de la batalla naval, donde la cuestión es tratar de hundir al otro.»

Compartimos la homilía del Arzobispo de Mercedes- Luján, +Jorge Eduardo Scheinig en la Oración por la Patria que presidió hoy 9 de julio de 2020, en la Iglesia Catedral Metropolitana en la Celebración por el Día de la Independencia

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Este texto evangélico nos ayuda a hacer memoria del emotivo encuentro que viven el paralítico y sus cuatro amigos que oficiaban de camilleros y que con total creatividad y audacia ponen delante del Señor para que Él lo sane de su parálisis.

Acuden a Jesús una multitud de personas que le presentan sus necesidades, pero la narración pone en evidencia a un paralítico, a una persona concreta que no puede permanecer de pie, que no puede caminar. En aquel tiempo, por las condiciones sociales, los que sufrían este tipo de incapacidad eran personas que no sólo tenían detenida su marcha, sino la vida misma. Los amigos del paralítico son sensibles a su necesidad y a la posibilidad que Jesús lo sane. Tienen fe en Jesús. Los moviliza la necesidad del amigo y la fe, la confianza en Dios. Seguramente esa era también la situación del pueblo que lo sigue a Jesús, poner frente a Él sus necesidades vitales y su fe, su religiosa confianza en Dios.

Teniendo en cuanta por lo tanto, la necesidad de ese hombre y la fe de ellos, Jesús le transforma la vida sanándolo desde adentro y haciéndolo caminar. Primero perdona sus pecados, luego le manda ponerse de pie para tomar su camilla e irse a su casa.

Ese era un hombre totalmente dependiente al que Jesús le da una nueva dignidad, esto es, le da la capacidad de valerse por sí mismo, lo hace libre, independiente. Pero quiero hacer notar que para llegar a esa situación de plenitud humana necesitó de sus amigos y ya libre de toda parálisis, tendrá que convivir con los suyos en su casa.

No se puede caminar la vida en soledad, siempre es con otros.

Celebramos hoy el día del comienzo de nuestra independencia como Nación soberana. Ciertamente, la independencia es un valor enorme que necesitamos conquistar permanentemente para no ser esclavos. No podemos ni debemos ceder o relegar nuestra libertad. Sin independencia no sería posible hablar de responsabilidad, porque estaríamos inmaduros para hacernos éticamente cargo de la propia vida y la de los otros. Debemos ayudarnos a crecer en independencia siempre.

Pero un valor superior y complementario a la “independencia” es para mí la “interdependencia”. Todos somos interdependientes, necesitados unos de otros, porque todos somos valiosos y todos tenemos algo para dar y mucho que recibir.

Solos no podríamos con nuestra propia vida y mucho menos podríamos transformar una realidad que se presenta cada día más compleja y desafiante.

Si no lo percibimos así, es posible que consciente o inconscientemente hayamos caído en una parálisis interior profunda, cuya raíz podría hallarse en nuestros hondos egoísmos, en nuestras formas individualistas, en nuestros narcisismos, en ese modo tan argentino de ser y estar en la realidad creyéndonos permanentemente superiores a los demás.

Es posible que caminemos, que nos movamos con aparente libertad, pero si adentro permanece el sentimiento de “mejor solo”, o de “sálvese quien pueda”, si adentro no están la familia, los amigos, la comunidad, la ciudad, el país, hay una parálisis que no ha sido sanada y por lo tanto no sabremos construir una Patria de hermanos con un mismo destino para todos.

Es verdad y nunca nos olvidemos de dar gracias a Dios por ser un país independiente, pero mucho tenemos que trabajar para ser interdependientes, para necesitarnos de verdad, para respetarnos, para aceptándonos diferentes y ser capaces de “preparar el futuro”, como nos pide el Papa Francisco.

Mucho es el ego que necesitamos sanar para un camino compartido. Pienso muy especialmente en los dirigentes y líderes de todos los estamentos de la Comunidad Política, en la que ciertamente me incluyo, y que por momentos parece que se apostara por una forma de país sin destino común. Llenos de internismos, de enfrentamientos estériles, de chicanas, de pases de facturas y de faltas de propuestas superadoras.

Las necesidades del pueblo son extremas y para encontrar soluciones, verdaderas soluciones, debemos estar juntos y unidos. No hay tiempo para hacer de la política como el juego de la batalla naval, donde la cuestión es tratar de hundir al otro.

Queridas hermanas y hermanos, si es verdad que somos independientes, si es verdad que alcanzamos la madurez de la libertad, entonces estamos capacitados para trabajar junto a otros por la Patria y por un proyecto común, en una comunión política que necesita de las diferencias.

Si no lo hacemos, o algunos no quieren hacerlo porque privilegian lo propio y se olvidan del Bien Común, es que seguimos siendo esclavos y estamos interiormente heridos de una parálisis grave y peligrosa para el presente y el futuro inmediato.

Se trata de un tipo de parálisis que por tener como raíz un mal profundo, necesita urgentemente de Dios, de una enorme honestidad y de una fuerte voluntad personal de bien.

No se puede estar con Dios y con el diablo.

Una de las grandes alegrías de un pastor es caminar junto a las comunidades, junto a las personas de los barrios, visitando y acompañando. Por experiencia personal y por los comentarios de mis sacerdotes, me llena de esperanza y gratitud la cantidad de personas que desde el llano de la vida cotidiana, se disponen todos los días a dar una mano al prójimo.

Ellos han entendido muy bien que nadie se salva solo y al ser interdependientes, compartiendo su tiempo, su comida, sus bienes y hasta la misma vida, son máximamente libres, para nada esclavos de sí mismos o de los falsos dioses del poder y del dinero.

Por eso, al celebrar hoy nuestro aniversario de la Independencia de la Patria, los invito a hacer memoria agradecida y rezar por la cantidad de compatriotas, verdaderas hermanas y hermanos, que como aquellos camilleros del Evangelio, han sostenido a lo largo de la historia y sostienen hoy la vida de la Patria. Compatriotas anónimos, que día a día trabajan de sol a sol por nuestra independencia, mejor aún, por nuestra interdependencia, que es trabajar por la fraternidad de nuestro pueblo. Una fraternidad concreta, no declamada, sino la que se construye con generosidad y en la solidaridad todos los días.

El futuro de nuestra Patria sin duda está en su mismo Pueblo.

Recuerdo lo que nos decía el Papa Francisco en esa oración del 27 de marzo, en una plaza vacía y llena al mismo tiempo:

«Al atardecer» (Mc 4,35). Así comienza el Evangelio que hemos escuchado. Desde hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido. Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas. Nos encontramos asustados y perdidos. Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente. En esta barca, estamos todos. Como esos discípulos, que hablan con una única voz y con angustia dicen: “perecemos” (cf. v. 38), también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino sólo juntos”.

Los invito a unirse al pueblo de Corrientes y todo el noreste argentino, que hoy recuerda a su Patrona, Nuestra Señora de Itatí.

Roguemos a la Virgen María, nuestra Madre, bajo las advocaciones de Nuestra Señora de las Mercedes y Luján, que nos regalen sentirnos todos los días verdaderas hijas e hijos del mismo Padre, para poder juntos, construir una Patria de hermanos.

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