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Otra gambeta para ahuyentar la muerte

Por Walter Anido ( especial para La Verdad Mercedes )

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Me rehúso a despedirte. No quiero hacerlo. Siento que decirte adiós sería reconocer que eras un mortal y siempre creí que no lo eras. No quiero aceptar que ya no estás entre nosotros, porque sería igual a considerar que no pudiste gambetear a la muerte. Nadie puede hacerlo. Pero vos, ¿justo vos no pudiste? No lo creo. Quiero pensar que tan solo es un sueño, de esos de los que no queres despertar. Porque como dice Sacheri, los argentinos y especialmente los futboleros tenemos una deuda con vos y no sabemos cómo pagarla.

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Como aceptar la oscuridad del ocaso si cada vez que recordaba algo tuyo no había más que luz. Me costó mucho aceptar que era lógico que no ibas a ser más ese pequeño gigante dentro de un campo de juego, pero me resisto a derramar alguna lágrima surgida de la tristeza. Cuando se llora por dolor esas lágrimas suelen tener un gusto amargo, tienen sabor a congoja. Claro que ese sabor no existe, pero lo conocemos. Cuando lloramos de alegría las lágrimas saben de otra manera. Son dulces, con gusto a emoción… otro de esos gustos que solo existen en el imaginario.

En cada oportunidad que tu magia se metió por mi piel y me acarició el corazón lloré con ganas… lloré con orgullo. Miraba a mí alrededor y también encontraba ojos empapados y voces temblorosas. Me empujabas a que abrace a quien tenía cerca y a decir Gracias como si pudieras escucharme. Recordarte siempre ha sido aliviador, porque te asociaba a momentos sublimes. Me empiezan a invadir mientras escribo gratos recuerdos. Mi viejo bostero, junto a mis hermanos te disfrutó vistiendo esa camiseta pero también te sufrió. Fueron a la cancha ese día donde el Loco Gatti creía que no eras capaz de humillarlo con tu inmensidad. Tengo la sensación que aunque no lo haya dicho, el gallego debe haberse regocijado viéndote vestido de rojo desafiando a una Bombonera explotada… Ahí empezabas a trascender las fronteras de la pasión para teñir con tu futbol los corazones de lo que reconocen a los grandes.

Recordarte me lleva también a cuando tenía diez años y nos levantábamos temprano para ver aquel mundial juvenil de Japón donde tantos nos maravillamos y nos rendimos ante una enorme figura. Te veía en una transmisión en blanco y negro, en casa el color de la televisión llegó después del 80. Pero estoy seguro que la pantalla tenía mucho colorido. Me recordas el 86. Viene la imagen de esa cancha con una rara sombra proyectada en México donde no solo hiciste goles, ganaste el Mundial y levantaste la copa, sino que también nos devolviste un orgullo celeste y blanco con dos sopapos certeros a los piratas. Y algunos dicen que fue con trampa esa mano de Dios. Que les robamos un gol… Justo a esos que nos habían robado soberanía. Del segundo cachetazo no hace falta agregar demasiado, solo quiero sentir que la vida me dio el privilegio de verlo en el mismo momento que estaba sucediendo.

Como no darle valor a eso. Si a veces cuando escucho un pibe o mis hijos que me dicen que no te vieron jugar me doy cuenta que se perdieron algo magnífico, irrepetible y único. Más lo creo cuando me cuentan que vieron videos. A mí no me lo contaron. Pude verte. Indignado porque te silbaban nuestro himno, llorando porque te cortaron las piernas, regresando para aquel repechaje con Australia y hasta pude comprobar cómo te convertiste en un sinónimo de la Argentina en todo el mundo. No me jodas, no te fuiste. Si lo tuyo era la gambeta… Dale, vamo a bailar, como dice la Bersuit… si sabemos gambetear para ahuyentar la muerte.

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