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Vicentin y la eterna disputa entre lo público y lo privado

Por Marcelo Elizondo columnista de FM Santa María 88.1

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La intervención por el Poder Ejecutivo de la empresa Vicentin y el envío del proyecto para su estatización abunda en una historia larga en Argentina: la puja entre el sector público y el privado.

Es cierto que pueden discutirse muchos aspectos (es una intervención administrativa de una empresa privada sometida a concurso judicial y anticipa el envío de un proyecto de ley al Congreso que -por la propia Constitución- debe ser aprobado como paso previo a otras acciones que lleven a la posesión de la empresa). También que la empresa atraviesa una difícil situación vinculable a crónicos malos contextos argentinos (inestabilidades, desequilibrios, sobrerregulaciones). Y que deben haber seguramente objeciones al management (aunque también podría discutirse si la suerte de la empresa no hubiese sido otra con mercados de capitales pujantes y normas comerciales y civiles más flexibles). Pero, más allá de todo, lo que regresa -como parte del entorno «metaeconómico», que supone el conjunto de valores predominantes que influye en las herramientas institucionales- es el avance del expansivo sector público.

Es curioso que nuestra historia sea de las más ricas en testimonios sobre los perjuicios de la sobreexpansión del sector público y sin embargo esa inflamación estatal tenga tan alta aceptación popular. Claro que no se supone que es bueno que el Estado no exista sino que la virtud (aristotélica) está en el justo medio entre el defecto y el exceso.

El mundo asiste hoy a intervenciones de bancos centrales y fiscos gubernamentales para sostener empresas como respuesta a los perjuicios que la pandemia y los propios gobiernos han creado al alterarse el normal funcionamiento de la producción y el comercio. Esto se está haciendo a través de mecanismos transitorios y así se lo ha dejado expreso dándosele valor a las expectativas, un basamento central y mensurable: la economía de hoy tiene en los intangibles un motor vital (como explica J. Haskel) y el futuro esperable tiene valor y es cuantificable (como muestra Douglas Hubbart). Y es este futuro esperable uno de esos intangibles que influye en la producción y las inversiones (así es que numerosas empresas innovadoras han llegado a valoraciones bursátiles enormes basándose solo en previsiones sobre resultados futuros). Por esto la certeza de volver algún día a la normalidad tras las intervenciones estatales transitorias en muchos países es una virtud.

Pero acá la decisión de intervenir (y luego expropiar) Vicentin está basada (según se ha expuesto) en motivos no coyunturales (se ha hablado de decisión estratégica, de empresa testigo y de soberanía alimentaria).

La agroproducción es la más próspera actividad internacional argentina: en 2019 la exportación de productos primarios generó 20.007 millones de dólares y la de manufacturados de origen agropecuario, otros 17.526 millones de dólares. La Argentina es -considerando todos los rubros- apenas el 50vo exportador mundial, pero en la producción agropecuaria ha accedido al lugar 15 del mundo. Un conglomerado de productores, prestadores de servicios, abastecedores, organizadores, creadores y aplicadores de conocimiento económico y de exportadores han generado un sistema competitivo (competitivo no es el que más compite contra otro sino el que es competente). Sin embargo este sector se encuentra afectado por una de las mayores cargas de pesadez regulatoria/impositiva/macroeconómica del mundo.

La economía es una porción de la realidad social y todo funciona como un sistema (según Mario Bunge un sistema es un conjunto de elementos relacionados entre sí con un mecanismo de funcionamiento propio y con propiedades emergentes donde el todo no es igual a la suma de las partes). Es difícil por eso afectar una parte sin desequilibrar el todo.

Es cierto que la evolución tecnológica, las disrupciones sociales y hasta los fenómenos naturales están haciendo de la economía en todo el mundo algo cada vez menos previsible. Pero no es igual la inestabilidad en el ambiente de negocios (que alienta respuestas proactivas) a la obstrucción o la rigidización (que desalientan). Las empresas que tienen éxito hoy ya no son meramente resilientes (que resisten) si no prosilientes (saltan hacia adelante). Hasta la vieja tesis de Max Weber de que la organización burocrática es superior a la carismática está en tela de juicio por el valor del aporte creativo y ágil de los individuos (los líderes prevalecen sobre las corporaciones).

La existencia de un mercado en el que las empresas actúan sobre la base de un capital institucional virtuoso (en términos del español José María Peiró, debe considerarse para ello estabilidad, simplicidad, baja aleatoriedad y acceso a recursos) alienta la creación del principal insumo de la producción de hoy: el capital intelectual. Dicen Altman y Smith que la economía hoy es volátil, incierta, compleja y ambigua (por las siglas en inglés la llaman la economía VUCA) y solo con un entorno proactivo se puede sostener el éxito en un contexto exigente en términos de calidad, intangibles incorporados en procesos productivos, garantías de estándares e innovación constante.

La historia no muestra precisamente que el sector público argentino se adapte mejor a todo esto.

Algunos imaginan que el mundo marcha hacia una etapa de «más Estado». Sin embargo, durante la actual pandemia hemos visto a una empresa privada protagonizar por primera vez un lanzamiento espacial desde la NASA, a otra (una red social) que ha sustituido instrumentos oficiales tradicionales para ser la difusora de mensajes de autoridades políticas, a algunas cuyas ganancias se elevaron por ofrecernos la plataforma que nos permite contactarnos cara a cara desde nuestras casas con quien sea, y a muchas que ante la mínima esperanza de recuperación de la normalidad ven revivir sus cotizaciones en el planeta.

Mientras tanto, el sector público ha tenido enormes problemas para adaptar sus sistemas de salud, anticipar a través de servicios de inteligencia la pandemia y enfrentar las recesiones surgidas de prohibiciones masivas.

El Estado quedará (en todo el mundo) endeudado y con emergente necesidad de dedicar más energía y capital a su esencia (salud pública, seguridad, vigencia de derechos individuales -por ejemplo-) porque estas áreas son más exigentes cada día. Y serán muchas las empresas privadas que se adaptarán a la nueva normalidad («next normal»): la ventaja que tienen frente al Estado es que si una empresa falla (y cada vez fallan más), habrá otras que ocupen su lugar.

Una característica de la economía actual es la disrupción (lo explica C. Christensen). Por eso la empresa que tiene éxito hoy es la que desarrolla adaptabilidad (según Rita McGrath) y aun anticipación (como enseña Patrick Becker). Así, un ambiente restrictivo e interferido aparece como antitético para la evolución.
¿Cómo leer entonces ahora la expropiación en cuestión? Todo indica que la postpandemia acelerará tendencias en el planeta hacia más respuestas de actores económicos en los sentidos antes referidos. Pero el sector público argentino no exhibe buenas credenciales al respecto.

Según el diccionario, estatismo significa tanto la exaltación de la plenitud del poder del Estado como la inmovilidad de lo que permanece estático.

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